Tercera mano al otro lado de la pared

Ver porno siempre fue una experiencia muy personal. Pero cuando Internet era un servicio que pocas personas podían permitirse, había que compartir… Y eso es lo que hacíamos dentro de nuestro grupo de amigos. Solo uno tenía Internet, de aquel que cuando levantabas el teléfono te quedabas sordo por culpa del sonido estridente del módem y por el que tu madre te decía: “¡niño, apaga el Interné!”.

Las mañanas de verano, antes de ir a la piscina, las pasábamos encerrados en su habitación, buscando fotos y vídeos de Jenna Jameson, Rocco Siffredi, Nacho Vidal o Briana Banks… Era la época de las hormonas exaltadas, de hacernos pajas como monos y todos juntos sin ningún tipo de vergüenza.

Después de comer, solíamos ir con la bicicleta hasta las piscinas para pasar la tarde. Entre las muchas cosas que hacíamos, una de ellas era intentar quitarnos los bañadores, y ya de paso, meternos mano, o por lo menos era lo que yo hacía. Me encantaba aprovechar esas situaciones para coger los paquetes de mis amigos, agarrarlos por detrás y restregarme en sus culos, fantasías que, pasados los años, te paras a pensar y dices: ¿cómo cojones hacía yo eso y ahora…?

Pero la piscina tenía lugares aún mejores para jugar. Los vestuarios eran los típicos espacios divididos por paredes de ladrillos que no llegaban al suelo ni al techo, por lo que mirar al vecino de al lado era bastante fácil, tanto por arriba como por abajo. Muchas veces me escapaba y me encerraba en uno de ellos esperando a que alguien entrase en el vestuario de al lado. Mientras esperaba, me dedicaba a ver las pintadas en las paredes que dejaba la gente. Lo que más abundaban eran las siluetas de cuerpos femeninos con tetas grandes y coños sin pelos. También estaban las típicas pollas venosas y duras con chorrazos de lefa descomunales. De vez en cuando había algún texto ingenioso y algún “JoHny  ♥ JeShY”.

Cuando oía acercarse alguien, me bajaba el bañador me colocaba en la parte más alejada del vestuario y empezaba a meneármela. Cuando el bañador del sujeto llegaba al suelo era el momento para agacharse y mirar por debajo, siempre y cuando estuviera de espaldas para que no descubriese mi cabeza dentro de su espacio. Encontraba de todo, jóvenes, niños, abuelos… Obviamente no miraba a todos, solo a los más jóvenes, delgados, con las piernas y el culo lleno de pelos… El momento más esperado era cuando abrían las piernas y conseguía ver los rabos colgando, esos rabos grandes que tanto me gustaban y que deseaba poder pajear al mismo tiempo que el mío.

Ilustración de Kike Sorroche
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Un día de aquellos con 40 grados, solo fui a la piscina con un amigo. Fuimos los únicos valientes en salir de casa con la bicicleta con esa temperatura, el resto iba más tarde. Cuando llegamos y fuimos a cambiarnos de ropa, le pregunte si quería compartir vestuario, y a él no le importó. Empezamos a quitarnos la ropa, bromeamos con los diseños hiperrealistas de las paredes y le propuse, como si fuese la primera vez que lo hacía, que, por qué no esperábamos a que entrase alguien al vestuario de al lado, sólo para saber que tenía debajo del bañador…. Él hizo un gesto como “what a fuck?”, pero le convencí y nos quedamos los dos dentro en pelotas.

No tuvimos que esperar mucho para que entrase el primero. Un chico moreno, gorra, gafas de sol, un estilo bakala de los 90, básicamente. Entonces decidimos que él miraba por arriba y yo por abajo. Cuando llegó el momento, me tiré al suelo para mirar y él se subió al banco para llegar a la parte de arriba. En ese momento estaba viendo por primera vez dos pollas, una pequeña inalcanzable y otra grande encima de mí. Obviamente me empecé a pajear ya que se me puso dura en menos de un segundo. Cuando paramos de mirar al otro lado, mi colega se sorprendió de verme cachondo, pero tampoco era la primera vez que me veía, por lo que no fue tan chocante. Me preguntó que había visto para estar así, a lo que respondí, “no es lo que vi, sino la situación en la que estamos, igual que en tu habitación”. No sé qué se le pasó por la cabeza, pero de repente también se le puso dura.

Entró otro, así que nos callamos y esperamos al momento preciso para mirar. En este caso era un señor de unos 40 años, muy parecido a Randy Spears, que tenía una polla muy generosa y que parece que a él también le gustaba, ya que no paraba de manosearse. Yo vi como mi amigo también empezó a pajearse, cosa que me volvió loco. Tan loco que me levanté y empecé a pajearle. Sorprendentemente, él soltó su polla y, mientras yo le pajeaba, él continuaba mirando por encima del vestuario. No pasó ni un minuto cuando empezó a tener convulsiones, comenzó a gemir muy bajito para que nadie le oyera y se corrió en la pared. Instantáneamente yo también me corrí, con tan mala suerte de acertar en su pierna. Sin decir nada, se limpió, nos pusimos el bañador y salimos fuera. Seguramente pasó media hora hasta que volvimos a hablar, eso sí, nunca más sobre la paja que le hice en el vestuario.

Rui Luar

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